Hemos tenido una bonita Navidad y un cierre de año que, por momentos, se sintió lleno de luz. Hubo risas, mensajes, mesas compartidas, abrazos que intentaron sostener todo lo que fue difícil. Pero en medio de todo eso, mi mente ruidosa no pudo quedarse en silencio.
Mientras muchos celebraban, algo dentro de mí seguía enviando pensamientos de súplica, de paz y de regreso. Como si una voz bajita me recordara que no todos pudieron brindar, que no todas las mesas estaban completas. Esa voz me llevó una y otra vez a pensar en quienes hoy no están, en los desaparecidos, en esas personas que fueron arrancadas de su vida y de sus familias.
Pensé en las madres que recorren redes sociales, calles, oficinas y paredes buscando una señal. En los padres que no dejan de preguntar. En los hijos que siguen esperando. ¿Cómo pasar eso por alto? ¿Cómo fingir que no existe?
Hoy quiero dedicar este episodio a esas familias, y también a la comunidad que todavía cree que podemos hacer algo. A quienes no quieren normalizar la violencia ni el olvido. A quienes entienden que pequeños actos: compartir una ficha, preguntar, mirar, no voltear la cara, también pueden ser formas de amor.
Porque la vida sigue, sí, pero no debe seguir igual cuando hay heridas abiertas. Necesitamos aprender a vivir sin endurecernos. A construir lazos más fuertes. A crear espacios donde nuestros hijos puedan caminar sin miedo. A ser ojos que buscan, voces que preguntan y manos que no sueltan.
Este espacio, Mi mente no calla, hoy no quiere gritar. Quiere acompañar. Quiere abrazar a quienes esperan. Quiere decirles que no están solos y que su dolor importa.
