Mi mente no calla | Hoy le escribo a María


MI MENTE NO CALLA

Que no me duela tanto el mundo que olvide cómo amarlo

Una carta a María, desde el corazón de quien todavía cree en la bondad.

Hay días en que el dolor del mundo pesa tanto que necesitamos detenernos, respirar y recordar que, aun en medio de las sombras, podemos elegir seguir haciendo el bien.

Hola, María, hermosa.

Hoy te escribo porque hace días no consigo dormir.

Me quedo despierta hasta tarde, pensando, con una tristeza que no sé explicar del todo. Y cuando finalmente el cansancio me vence, al despertar descubro mi rostro húmedo. Son lágrimas que brotan incluso mientras duermo, como si mi corazón continuara hablando cuando mi mente ya no tiene fuerzas para hacerlo.

Tengo trabajo, algunas ocupaciones que me mantienen distraída. Mientras estoy haciendo algo, consigo mantener mis pensamientos en calma. Pero basta con detenerme un momento para que la nostalgia me alcance, me abrace y se instale en lo más profundo de mí.

Y no, María, no es que me esté pasando algo grave. No es una pérdida reciente ni una dificultad que no pueda resolver. Lo que me duele es algo más difícil de explicar: me duele la humanidad.

Me duele tanta maldad. Me duele descubrir hasta dónde puede llegar una persona cuando el poder, la ambición y el egoísmo ocupan el lugar de la conciencia. Me duele pensar que alguien pueda arrebatarle la vida a otro ser humano para satisfacer sus propios deseos, como si la existencia de los demás no tuviera ningún valor.

A veces escucho historias que parecen imposibles de comprender. Noticias que me hacen preguntarme en qué momento dejamos de mirarnos como seres humanos. ¿Cuándo empezamos a considerar que tener más nos hace mejores? ¿Cuándo el poder se volvió más importante que la vida? ¿En qué momento dejamos de reconocer el dolor ajeno?

Quizá lo que más me entristece no sea solamente la maldad que existe, sino la facilidad con la que podemos acostumbrarnos a ella.

La vemos todos los días. Aparece en las noticias, en las conversaciones, en los conflictos, en la indiferencia con la que algunas personas pasan junto al sufrimiento de otras. Y, poco a poco, corremos el riesgo de dejar de sorprendernos, de dejar de sentir, de pensar que todo esto es normal.

Pero yo no quiero acostumbrarme, María.

No quiero que la crueldad se vuelva parte de mi paisaje cotidiano. No quiero mirar el sufrimiento de alguien y continuar mi camino como si nada hubiera sucedido. Tampoco quiero vivir con miedo, desconfiando de todo el mundo, creyendo que detrás de cada sonrisa se esconde una mala intención.

Durante muchos años caminé por la vida como dentro de una burbuja de amor, risas y felicidad. No tenía grandes riquezas ni me sobraban las cosas materiales, pero era feliz. Encontraba alegría en lo cotidiano, disfrutaba lo que tenía y quizá no necesitaba demasiado para sentir que la vida era generosa conmigo.

Sin embargo, a veces me pregunto si, en medio de todo lo que hemos aprendido a desear, no estaremos olvidando aquello que verdaderamente nos hace bien.

Porque hay algo que ninguna compra puede ofrecernos: la tranquilidad de saber que no hemos perdido nuestra esencia. Hay una riqueza que no se mide en lo que poseemos, sino en la manera en que vivimos, en la paz con la que descansamos y en la capacidad de mirar a los demás sin sentirnos superiores.

¿De qué sirve tener más si dejamos de disfrutar lo que tenemos? ¿De qué sirve alcanzar un lugar de poder si para llegar hasta él hemos tenido que pisotear a alguien? ¿Qué sentido tiene ganar el mundo si, en el camino, perdemos la capacidad de amar?

No quiero convertirme en alguien que ya no reconozco.

Por eso, hoy quiero aprender a caminar de otra manera. No para huir del mundo, ni para cerrar los ojos ante lo que sucede, sino para encontrar un poco de paz en medio de tanto ruido.

Quiero aprender a distinguir entre lo que puedo cambiar y aquello que no está en mis manos. Quiero cuidar mis pensamientos, elegir con más conciencia lo que permito entrar en mi vida y no dejar que cada historia dolorosa me arranque un pedacito de esperanza.

Porque también debo aprender algo importante: no puedo cargar con todo el sufrimiento del mundo, aunque me duela. No puedo resolver cada injusticia ni impedir cada acto de crueldad. Pero sí puedo decidir qué hacer con el dolor que todo eso despierta en mí.

Puedo elegir no reproducir la violencia, puedo tratar con respeto a quien piensa diferente, puedo escuchar a quien necesita hablar, acompañar a quien atraviesa un momento difícil y ofrecer una palabra amable cuando alguien siente que ya no puede más.

Puedo hacer el bien sin necesidad de que alguien me vea, puedo ser generosa sin esperar reconocimiento, puedo poner límites sin lastimar y defender mis convicciones sin perder la compasión.

Tal vez no consiga cambiar al mundo entero, pero puedo procurar que el pequeño espacio que habito sea un lugar donde alguien se sienta escuchado, respetado y querido.

Y quizá, María, eso también sea una manera de resistir.

Resistir a la indiferencia con empatía, a la arrogancia con humildad, al odio con límites firmes y sin renunciar a la humanidad, a la desesperanza con pequeños actos de bondad que, aunque parezcan insignificantes, pueden significarlo todo para alguien.

No quiero idealizar a las personas ni fingir que la maldad no existe, sé que existe, la he visto, la he escuchado y, en ocasiones, me ha hecho cuestionarme muchas cosas, pero también sé que existe la bondad.

Existe en quien comparte lo poco que tiene, en quien se detiene a ayudar a un desconocido, en quien acompaña una enfermedad, sostiene una mano durante una despedida o permanece junto a alguien cuando todos los demás se han marchado, existe en las personas que trabajan honestamente, que cuidan a sus familias, que enseñan con paciencia, que perdonan cuando pueden hacerlo sin traicionarse y que cada mañana vuelven a levantarse, aunque la vida les haya dado motivos para rendirse.

La bondad no siempre aparece en las grandes historias. Muchas veces sucede en silencio, lejos de las cámaras, sin aplausos y sin que nadie escriba sobre ella.

Quizá por eso necesitamos aprender a mirarla de nuevo.

No permitir que la maldad nos deslumbre tanto que terminemos olvidando todo lo bueno que todavía existe.

Y aquí estoy, María, tratando de encontrar ese equilibrio, quiero mantener los pies en la tierra sin perder la capacidad de soñar, quiero conocer el mundo sin permitir que sus sombras apaguen la luz que todavía llevo dentro.

Quiero seguir aprendiendo, quiero observar a las personas que me rodean, comprender un poco más sus historias y recordar que detrás de cada rostro hay una vida que desconozco, una lucha que quizá nunca veré y un dolor que no siempre sabré reconocer.

Pienso en ti y me pregunto qué me dirías si pudieras escuchar todo esto.

Tal vez me recordarías que la vida también se construye trabajando, luchando cada día y conservando la esperanza de un nuevo amanecer. Que no necesitamos tenerlo todo para ser felices y que hay sueños que se sostienen gracias a la fe, al esfuerzo y al amor con el que hacemos las cosas.

Y cuando llegué el momento de encontrarme contigo, quisiera tener tantas cosas que contarte, hablarte de lo que aprendí, de las personas que conocí, de los errores que cometí, de las veces que tuve miedo y de aquellas ocasiones en las que, a pesar de todo, elegí seguir creyendo en el amor.

Quisiera contártelo todo, sin prisas, como esas conversaciones que una guarda en el corazón y que nunca quisiera terminar.

Te extraño mucho, María.

Y si de alguna manera sigues cerquita de mí, si el amor que nos unió permanece en esos lugares invisibles donde los recuerdos se convierten en compañía, ilumíname el camino.

Y, sobre todo, que nunca me duela tanto el mundo que olvide cómo amarlo.

Porque, al final, María, tal vez la verdadera fortaleza no consista en dejar de sufrir por lo que sucede en el mundo, sino en encontrar la manera de seguir haciendo el bien a pesar de todo.

Hoy mi mente no calla. Me pregunta, me cuestiona, se entristece y busca respuestas que quizá nunca encuentre por completo.

Y mientras mi corazón conserve esperanza, seguiré caminando, aprendiendo y procurando que mi paso por esta vida deje algo bueno en alguien más.

Que la maldad no decida quién soy.
Que el dolor no me robe la ternura.
Que la indiferencia no me enseñe a cerrar los ojos.

Con todo mi amor.

MI MENTE NO CALLA

Diana Engracia



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