Mi mente no calla - Mis tutorados y las batallas que No vemos

Mi Mente No Calla

Mis tutorados y las batallas que no vemos

Llevo todo el día pensando en mis tutorados.

Tres años caminando junto a ellos.

Recuerdo perfectamente cuando llegaron. Eran 57 jóvenes. Desde la primera reunión con sus mamás pude darme cuenta de que muchos venían cargando cosas muy pesadas. Había historias difíciles detrás de esos uniformes, aunque todavía no las conociera.

Poco a poco empezaron a irse.

Algunos nunca quisieron estar aquí y solamente nos habían tomado como segunda opción. Otros fueron obligados a estudiar y decidieron no regresar. Después vinieron los cambios de escuela, las reprobaciones y los abandonos.

Al final quedaron 21.

Veintiuno.

Y aunque para muchos eso sólo sea una estadística, para mí cada uno tiene nombre, rostro e historia.

Los vi crecer.

Los vi equivocarse.

Los vi levantarse.

A uno de ellos lo acompañamos cuando estuvo en terapia intensiva. Hicimos todo lo posible para que no perdiera el semestre. También vi cómo le costó volver y recuperar el ritmo de su vida.

A otros los fui a visitar a centros de recuperación.

Hablé con sus padres.

Escuché lágrimas, miedos, enojos y desesperación.

Los primeros semestres eran diferentes. Todos los días pasaban a verme. Siempre trataba de tener alguna botana en la oficina para compartir. A veces solamente necesitaban un lugar donde sentirse escuchados y comprendidos.

Después crecieron.

Ya no llegaban en grupo.

Los encontraba en los pasillos, en una llamada rápida o en alguna conversación improvisada entre clase y clase.

Y hoy, cuando estamos a unos días de terminar esta etapa, cuando parecía que todo iba saliendo bien, cuando varios ya tienen oportunidades maravillosas para continuar estudiando, me entero de que algunos fueron encontrados con sustancias.

Fui a buscarlos.

Necesitaba escucharlos.

Me explicaron.

Me dijeron que no había sido ese día.

Me dieron razones.

¿En qué momento el dolor se volvió más fuerte que sus sueños?

Porque yo no veo delincuentes.

No veo expedientes.

No veo reportes.

Veo muchachos que todavía tienen toda una vida por delante.

Veo jóvenes que pueden llegar muy lejos.

Y también veo una sociedad que cada día les ofrece más formas de hacerse daño que de sanar.

Algunos no están con su mamá y papá.

Y no puedo evitar preguntarme cuánto de lo que vemos por fuera tiene que ver con heridas que siguen abiertas por dentro.

A veces los adultos queremos corregir conductas sin preguntarnos qué dolor las está provocando.

Tal vez algunas decisiones no nacen de la rebeldía.

Tal vez nacen de la tristeza.

De la ausencia.

De sentirse solos.

De no saber cómo cargar con algo tan grande a tan corta edad.

No lo sé.

Pero sí sé algo.

A ustedes, muchachos, quiero decirles que no echen a perder todo lo que han construido.

No permitan que una mala decisión defina quiénes son.

No permitan que aquello que les duele les robe también el futuro.

La vida ya les ha quitado demasiado a algunos de ustedes.

No le entreguen también sus sueños.

Todavía están a tiempo.

Todavía pueden elegir.

Todavía pueden convertirse en las personas que alguna vez dijeron que querían ser.

Y aunque hoy me siento triste, preocupada y hasta un poco derrotada, sigo creyendo en ustedes.

Porque si algo aprendí en estos tres años es que detrás de cada joven hay una historia que merece una oportunidad más.

Y porque, aunque mi mente no calla esta noche, mi corazón se niega a rendirse con ustedes.

Diana Engracia

Mi Mente No Calla

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