Mi mente no calla- La historia de Marlene

Mi mente no calla

La historia de Marlene

Hola, soy Marlene

Últimamente me he sentido muy cansada.

Me miro al espejo y descubro que mis líneas de expresión ya no desaparecen. Hay días en que mi piel parece seca, como si el tiempo hubiera decidido quedarse a vivir en ella. Mis rodillas pesan y, cuando permanezco mucho tiempo sentada, procuro moverlas un poco antes de levantarme para que mis huesos resistan el primer paso.

Han aparecido manchas en mis manos. Mi vista ya no me permite leer por las noches como antes. Y, a veces, siento que las personas que más amo comienzan a verme como una carga.

Hablan creyendo que no los escucho y, para ser sincera, si de por sí ya escucho poco, mucho menos cuando hablan entre dientes.

Hay días que terminan y siento que no hice absolutamente nada. No preparé comida. No realicé mis actividades. Es como si el tiempo se hubiera detenido para mí durante algunas horas y ni siquiera me hubiera dado cuenta.

He perdido el entusiasmo.

Ya no le encuentro sentido a muchas cosas. Puedo pasar el día comiendo una tortilla dura o cualquier cosa que encuentre en el refrigerador desde hace varios días. Ni siquiera me tomo la molestia de calentarla.

Sé que, probablemente, todo esto tenga un nombre: depresión.


Entonces apareció Alberto

Hace aproximadamente un mes recibí un mensaje suyo.

Lo conocí hace poco. Un hombre que ha vivido casi el doble que yo.

Me escribió preguntando:

¿Cómo estás?

Le respondí con ese "bien" que todos decimos cuando no queremos explicar lo que realmente sentimos.

Él contestó:

 Yo, excelente y aún sigo esperando.

¿Sigues casada? Quiero hacer un viaje y me encantaría que me acompañaras. No te preocupes por los gastos; yo cubriré todo.

Me sorprendió, no por la invitación, sino porque Alberto estaba por cumplir 93 años.

Noventa y tres años y seguía haciendo planes, seguía soñando, seguía ilusionándose, seguía invitando a la vida a caminar a su lado.


La gran lección

Muchas veces no es el paso del tiempo lo que nos envejece.

Son las ideas que aceptamos sobre él.

Nos condicionamos a pensar que existe una edad para dejar de aprender.

Una edad para dejar de enamorarse de la vida.

Una edad para dejar de hacer proyectos.

Una edad para dejar de sonreír.

Y terminamos convencidos de que ya no vale la pena intentarlo.

Alberto me recordó que el calendario no decide cuándo dejamos de vivir.

Lo decide nuestra actitud.

Gracias a ese mensaje retomé estudios que durante años había pospuesto.

Volví a realizar actividades que disfruto profundamente.

Comencé otra vez a imaginar proyectos, a escribir, a aprender, a soñar.

Mi familia sigue siendo una de las cosas más importantes de mi vida.

Pero también comprendí que ellos tienen derecho a seguir su propio camino. y yo tengo derecho a volver a escribir el mío.

❤ Hoy quiero decirte algo

No permitas que la edad, el miedo o la tristeza decidan por ti.

Mientras tengas un nuevo amanecer, tienes una nueva oportunidad.

Sigue soñando.
Sigue aprendiendo.
Sigue amando.

Sonríe sin razón, abraza sin medida, perdona sin orgullo.
Y vive

Porque el verdadero envejecimiento comienza el día en que dejamos de ilusionarnos.

Yo soy Diana Engracia

Y esto es

Mi mente no calla

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